Entre poder y placer

Hasta que estuve en séptimo grado me negué a poner acentos. Sabía poner tres acentos en francés y tener otro más en castellano ya era excesivo. Hubo un momento en el que empezaron a bajar las notas de todas las materias por faltas y tuve que claudicar. Nunca
aprendí las reglas de memoria (las saco si me pongo a pensar). De leer las palabras se pegan al fondo del ojo y uno siente que están mal. Pero con algunas me sigue costando.
Es como aprender izquierda y derecha en otros idiomas. En inglés me tengo que acordar que right está "bien", y que es la derecha. Entonces left es la izquierda. Con el italiano pasa algo parecido: la izquierda es siniestra y la derecha es diestra. Me da un poco de asquito ver cómo se pasmó eso en el español (miren diestra y siniestra sino).
Me sigue costando con quise/quize, cojer/coger y elegir/elejir. Hoy un amigo me dio una regla mnemotécnica interesante:
fellini dice (20:19):
quise elegir coger
El otro que se dificulta siempre es ojear. El vicio hace que escriba "hojear". Pienso en libro, toco papel, toco la hoja. Pero es el ojo. Ojeemos.

El libro de los otros

Cayó en mis manos Berazachussetts. Lo publicó Entropía. Es una editorial que está a cargo de gente con buen gusto y cuidadosa: ganó respeto y tiempo entre mis lecturas. Aclaración pertinente: aunque se me acusa de tener lecturas conservadoras de gorda sanisidrense (sic), lo cierto es que mi margen de tolerencia es amplio y soy generoso en cuanto a los libros que puedo leer y a mi juicio. Pero. Siempre hay un pero.
Berazachussetts empieza cuando unas maestras jubiladas encuentran a una obesa tirada en una cuneta desnuda. Comienzo a lo Bizzio, o página 4 de Aira. Respiro profundo. Cambio el tema del reproductor y decido darle una oportunidad al chico. No defrauda, la narración es llevadera y la apuesta a la locura del absurdo no se desgasta y articula una narración respetable. Ahí empiezan a saltar a los ojos errores de principiante que algún editor tímido no se animó a encarar. "Cabellos" en vez de pelo, "altas mujeres" en vez de mujeres altas y así todo. ¿Arruinan el libro? No, pero casi. ¿Alguien se apuró para publicar? Sí.
Me acordé de una vez, en la facultad, cuando una profesora dijo que tendrían que anular la última parte de "plantar un arbol, tener un hijo y escribir un libro".

Autopista del sur

10:25 (Lugones y Sarmiento)
¿Qué?
Que está cortada la bajada. Por eso este quilombo.
—¡#@\$%!

10:45 (Libertador y Esmeralda)
—No puede ser este tráfico acá también.
¿Son?
—Sí. Son.
—No.
—Sí.

11:10 (Alcorta y Salguero)
—No lo puedo creer. No puede ser.

11:20 (Cerviño y Ruggieri)
—A Thames, entre el Salvador y Costa Rica, por favor.
—...
—Es para allá.
—Sí, ya sé (profundamente abatido) Es que no sé cómo llegar. Está cortado. En Plaza Italia.
—¿Los muchachos de la UOCRA?
—Sí.

Cómo ser tu mismo sin culpas

------------- dice (22:49):
no te cansás de no ir a los cumpleaños de la gente?

San Isidro, el pago de la costa

Vanesa casi me escupe su cerveza atragantada por la risa. Le pregunté qué le pasaba. Señaló al grupito de blondas sentadas a medio metro nuestro y anotó en un papel: "chica San Isidro dixit: Aprendí a no ser tan whatever. Al día siguiente fui al Único de San Isidro. Nunca había pisado ese lugar. Un par de días antes había conocido el de Palermo, donde, después de estar un minuto mirando alrededor mientras esperaba mi trago, le pregunté a Javier si vendían merca. Me dijo que sí, que obvio. En el otro había mucha gente grande, y pantalones pinzados. Y música muy fuerte. En San Isidro siempre es verano. Y si no es, parece. La gente sale toda la semana. Va vestida bien pero no tan bien. Elegante sport. Es como si Libertador fuera una eterna rambla en la que todos están relajados, recién salidos de la ducha después del día en la playa. La crisis económica nunca existió. La gente es rubia. Si no es rubia, se tiñe. Si tiene rulos se hace la permanente.
Le pregunté a Javier si tenía pantalones pinzados en su ropero. ¿Pantalones qué? (música muy fuerte) ¡pinzados! No, no tenía.
Sonreí.

(Tres) mil historias de frases

El otro día caí en cuenta de que hay tres frases que detesto y sería incapaz de decir cuál es más molesta. Son: "¿Estás dormido?", "¿Te duele mucho?" y "¿Estás llorando?". Las tres suelen estar en el top five de las madres, pero a veces, uno las escucha en boca de amigos. Irritan más cuando provienen de desconocidos.
La primera implica que uno estaba durmiendo o que por lo menos lo intentaba, y que no estaba interesado (en ningún, pero en ningún caso) por otra perspectiva. Alguien te está despertando. Está interrumpiendo la gloriosa entrevista con el buen viejo inconsciente y probablemente tenga algún problema de difícil resolución. La segunda frase conlleva dolor, ganas de golpear a la persona que no entiende que uno no quiere hablar, que está ocupado sufriendo y la cuasi certeza de que esa persona no es capaz de solucionar el mal que te aqueja. La tercera frase (last but not least) tira por la borda los gallardos esfuerzos por conservar un mínimo de compostura que uno hace cuando se desborda en público. Conlleva una agudización de la crisis mocosa y una potencial respuesta estúpida ("tengo una basurita en el ojo", "estoy resfriado").
Están invitados a proponer más frases para desterrar de nuestro diccionario del habla cotidiana.